SOL 89: “No debemos caer en un paradigma de lo precario”

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Sol 89 es un estudio que encabezan María González y Juanjo López de la Cruz. Una pareja de arquitectos jóvenes que dicen que Sol89 son muchas personas, que disfrutan de esa compañía en su viaje y que ellos dos rara vez se ponen de acuerdo. Como buenos profesores de Proyectos que son, comienzan dándonos una referencia.

Juanjo – Antes de empezar, si os gusta leer entrevistas, un libro de entrevistas que os va a encantar es la entrevista que le hace François Truffaut, el director y crítico de cine francés, a Alfred Hitchcock. En un momento en el que Hitchcock no era muy querido y se le tachaba de comercial, Truffaut lo redescubre a través de esa entrevista de 50 horas que es fundamental. El libro se llama El cine según Hitchcock.


Cuando se revisa la trayectoria de Sol89 sorprende que desde sus inicios, en plena burbuja, ya se proyectara de una forma que ahora se está reclamando como el camino a seguir, pero que en aquella época era casi ir contra corriente.

J – En una entrevista que nos hizo Anatxu Zabalbeascoa para El País ella extrajo una frase que yo no estoy seguro de haber dicho, que era “nos ha beneficiado ir contra corriente”. En aquellos años hacíamos concursos y algo de gran escala también pero nos interesó mucho hacer cosas posibles, dedicar tiempo a obras muy pequeñitas, donde ni siquiera había seguridad de que fueran a llegar a buen puerto. Teníamos una necesidad de probarnos, de comenzar una obra desde el principio, medirla, manejarla y finalizarla bien.

Al final los tiempos parecen que han venido a converger con aquella inquietud, pero no es una peculiaridad de Sol89, era muy propio de estas latitudes y sigue siendo así, lo que sucede en Andalucía, Extremadura o Castilla La Mancha no se parece mucho a lo que sucede en Cataluña, Navarra o el País Vasco. Ese salto no tiene nada que ver con la capacidad de los arquitectos, que es similar, pero sí con los medios. Aquí se manejan presupuestos mucho más limitados, los programas son más escuetos e incluso es posible que la cultura arquitectónica en unos sitios y otros varíe. Yo tengo mi teoría, tiene que ver con el mundo del frío y del calor, es decir, la cultura del frío siempre ha entendido que la construcción es algo a venerar mientras la del calor piensa que se puede despachar los problemas de la arquitectura mediante un tinglado.

María – Muchas veces nos identifica una forma de trabajar, pero lo que nos identifica ha sido fortuito, ha sido trabajando como hemos llegado a eso que nos identifica. Estoy de acuerdo con Juanjo en que en Andalucía, en la periferia de España digamos, hay una forma de hacer las cosas por una deriva natural al contrario que en Madrid, donde la gente sale de la escuela con un discurso intelectual. Nosotros nos lo vamos encontrando.

J – Todo esta construcción de identidad tiene mucho que ver con el contexto.

¿Influye más el contexto o la escuela?

J – Hombre, la escuela de Madrid es potentísima, llena de primeras espadas, donde la necesidad de la diferenciación es mayor. Eso conlleva a discursos mucho más extremos, con afiliaciones más potentes.

M – Sí, cuando salen los alumnos tienen la necesidad de pertenecer a un grupo o de encontrar incluso su propio camino, pero aquí nuestra generación salió aspirando a que su tía le encargase una casa y empezar poco a poco a trabajar. No te afiliabas a una corriente.

Alguna preocupación sí habría desde el inicio, ¿no?

J – Desde el inicio nos ha preocupado el presupuesto. Por un asunto de “niños buenos”, de no vernos en la tesitura de decirle al cliente que el presupuesto se dispara por una decisión nuestra. Al haber empezado con obras pequeñas el proceso lo controlábamos completamente y eso te da la posibilidad de balancearlo con mucha agilidad.

Ahora ya, por responsabilidad, trabajamos con especialistas debido a la magnitud de las obras. Pero esas experiencias, a veces muy pequeñas, que han servido para controlar el proceso nos ha servido para conocer todos los entresijos y eso merece la pena. La mejor tradición de la modernidad del siglo XX estaba basada en la capacidad de medir bien los medios que emplea la arquitectura, así que esto no es una novedad, si acaso es una recuperación de cierta sensatez.

En eso andan las escuelas. Ahora es fácil ver como en muchos talleres de proyectos se trabaja en rehabilitaciones con pocos recursos.

M – Hombre, me parece mal que de partida se plantee que una rehabilitación se haga con pocos recursos. No, hay que pedir una rehabilitación con cabeza, bien hecha y si es así el arquitecto es capaz de encajarla en un presupuesto. Pero partir con esa premisa creo que es un error.

J – Cualquier buen proyecto medirá una variable más que es el presupuesto. La escuela que nosotros vivimos era más arquetípica, con tipologías bien claras: teatros, colegios, museos… Además en solares bien delimitados, nivelados y con normativas claras. Todo sucedía con una especie de limpieza que luego la realidad se encargaba de poner patas arriba. Al final, esto de la hibridación o el trabajo con pocos medios no es siempre a priori, te puede pasar que te llamen cuando se ha iniciado la obra y te bajen el presupuesto ya acordado.

M – En los PFC vamos a proponer sobre todo una reflexión. Los alumnos han pasado de proyectar centros de investigación en cualquier pueblo a querer intervenir en solares abandonados con intervenciones más o menos efímeras, y nosotros creemos que hay que buscar el punto medio. Es necesario que los alumnos reflexionen sobre los equipamientos básicos públicos y que tengan capacidad para desarrollarlos, porque se volverá a construir y volverán a hacer falta colegios, hospitales, mercados… Habrá que analizarlos con una nueva perspectiva, pero un arquitecto no puede desterrar un colegio o un museo de su marco de actuación. Tenemos que coger lo aprendido en este periodo y empezar a ponernos en situaciones reales porque dentro de nada habrá que dar respuesta a problemas reales.

J – Hemos estado en estado de shock, el bofetón ha sido importante y nos ha descolocado. Pero se ha tendido hacia análisis de sal gruesa, de frases enormes que habría que matizar en muchos casos.

Mira, ocho de cada diez amigos nuestros de nuestra generación han emigrado, la emigración si es voluntaria es positivísima, pero ha sido la alta formación de las escuelas españolas la que ha propiciado que los arquitectos de aquí hayan encontrado trabajo por toda Europa, América y Asia. Es decir, que ojo con hacer análisis precipitados tipo “ya no se puede construir” y dejar de enseñar cómo construir porque es que gracias a eso se ha salvado un montón de gente. La otra cuestión es que no debemos caer por un efecto rebote en una especie de paradigma de lo precario. Manuel Borja-Villel, el director del museo Reina Sofía advertía hace poco en una entrevista de lo terrible que sería que por este discurso de control del gasto una exposición como la de Matisse que ha estado por toda Europa no viniese a España. Eso supondría que una generación entera no podría ver un Matisse frente a frente, es un socavón terrible. Ojo con este discurso.

En Arquitectura pasa lo mismo, hay ciertas intervenciones que requieren un cierto presupuesto y todo lo que esté por debajo de ese mínimo aguanta una foto y un titular, pero saldrán a la luz sus carencias en poco tiempo.

M – El problema es cuando ya no es por necesidad sino por estilo. Por ejemplo el CICUS, una obra que tuvo mucha aceptación, se hace por fases porque decidimos que era una pena que un edificio tan potente se quedase cerrado por no poder acabar la obra. Pero ahora la gente lo ve como una cuestión de estilo, ves restaurantes súper caros con aspecto de ruina porque ahora es lo que se lleva. O un político que pide que se haga algo con muy poco presupuesto sólo para poder inaugurar algo sin apenas gasto. Cuando esto sucede hay que tener mucho cuidado, es un problema serio y no todo vale.

Parece que los arquitectos vamos dando tumbos y de moda en moda.

J – Es una profesión con mucha inercia. Pero hay que decir que no todos han contribuido a la burbuja, hay gente que no quiso participar en ella. Nada sucede del día a la noche, hay una generación de arquitectos en España cuyo discurso se gestó en la burbuja y es precisamente este discurso de la economía de medios y el repensar la ciudad.

Y tampoco ahora todos se han reconvertido.

J – Absolutamente.

M – En este mea culpa de la profesión hay gente que se ha convencido de que el problema es ser arquitecto. Gente que estudia arquitectura y quieren ser sociólogos, agitadores culturales, intermediarios… Pero tú eres arquitecto y estás formado para eso, no para ser sociólogo. Parece que da miedo decir que eres arquitecto, implicarte en algo y posicionarte.

J – Son bienvenidas nuevas facetas del arquitecto que sumen a la profesión, pero decir que todo lo anterior no vale no puede ser, porque además hay mucha impostura en este asunto. Siempre hay una tendencia a adivinar el futuro que yo no me acabo de creer. De todas formas la crisis ha venido muy bien para muchísimas cosas, por supuesto.

M – En un congreso que organizó Luis Fernández-Galiano el año pasado, Arquitectura necesaria, había una entrevista magnífica sobre este tema de la participación ciudadana a  Anupama Kundoo. Ella que es muy conocida por su obra social defendía la participación, pero dentro de unos límites, el arquitecto tiene que coordinar y dirigir un proyecto porque si no sería un verdadero caos.

J – Ella está reconocida como una especie de líder de los movimientos mediadores y sociales en la arquitectura. Esa entrevista es muy clarificadora, además sin miedo a parecer mejor o peor por sus comentarios, simplemente dice lo que opina y lo que ha aprendido en su experiencia con estos movimientos.

M – Hay que colaborar pero sin perder el concepto de autoría, no debemos idealizar la participación porque tiene sus límites. Aconsejo a todos que lean esa entrevista.

No es algo que se espere escuchar de un defensor de la participación.

J – Claro, lo más valioso de esa entrevista es que huye de los titulares. Hemos pasado por un momento donde estábamos todos tan consternados que nos hemos acostumbrado a dialogar con titulares y eso es inadmisible en una cuestión tan compleja.

Hablemos de su arquitectura. Ambos estudiaron un máster sobre ciudad sostenible.

J – Sí, era un máster oficial de la ETSAS, que comenzó Pepe Morales hace unos diez años. Ese máster nos sirvió sobre todo para sintetizar muchas de las preocupaciones que habíamos tenido en años previos, de hecho el libro Proyectos encontrados surge a raíz de ese máster, hasta entonces eran intuiciones e ideas que no estaban del todo desarrolladas. El trabajo fin de máster fue la excusa para darle forma de investigación y de libro. En ese sentido los masters están muy bien, te obligan a poner las cosas sobre la mesa.

Una idea que se repite en muchos de sus proyectos es la de que el edificio haga más ciudad, desdibujando el límite entre lo público y lo privado.

J – Sí, la preocupación por lo público siempre ha estado ahí, aún está por ver si supone un acierto o no. La arquitectura que siempre nos ha interesado más es una mezcla lo más equilibrada posible entre intereses universales, es decir, una forma de encontrarte en el mundo en el que vives a través de la contemporaneidad, pero a la vez muy teñida de lo local. Bien sea a través de las técnicas constructivas o por el encuentro entre lo público y lo privado.

Sevilla, Andalucía y en general la cuenca mediterránea es un catálogo de espacios intermedios, de patios, zaguanes, adarves, pasajes… A nosotros nos parece que ese tipo de espacios, que además es barato, mejora la calidad de la arquitectura y sobre todo de la ciudad.

Esa apuesta chocará muchas veces con la normativa urbanística.

M – En las políticas actuales ese tipo de espacio ambiguo no tiene cabida. Nosotros siempre los proponemos pero no sabemos si acabará funcionando por problemas de gestión de esos espacios, si es público ¿quién lo mantiene? Y si es privado y es mío pues pongo una valla. La gente no acaba de entenderse muy bien, es complicado.

La bienal de arte contemporáneo, eso fue un caballo de Troya, era un concurso abierto para una instalación artística y cuando vieron que nosotros pretendíamos que el público usase ese espacio se echaron las manos a la cabeza con un montón de preguntas. ¿Quién controla ese espacio? ¿Aquí puede entrar cualquiera? ¿Es público o privado?

J –Son espacios ambiguos, de ahí su riqueza y de ahí su complejidad. Pero realmente funcionan. Para nosotros los edificios públicos en el fondo forman parte de esta cadena de los parques, los jardines, las calles y plazas, sólo que tienen una especie de burbuja que encapsula un espacio confortable, porque está climatizado, pero en realidad deberían conservar esa permanencia de espacio atravesable incluso, como hicimos en la guardería de Ayamonte. Tránsitos urbanos en los que en algún momento acotas pero que deberían funcionar con fluidez.

M – Debe ser una arquitectura hospitalaria, que no haya una puerta directamente para entrar sino que haya mecanismos en los que tú fluyes y entras con naturalidad.

J – Una ciudad así será una ciudad más densa, y para nosotros una ciudad más densa es mejor, porque tiene más lecturas posibles. Hace poco escribimos un artículo para la revista Bartlebooth en la que nos pedían una interpretación de un concepto latino, que son las virtudes romanas, una serie de características que los romanos creían que debía tener una ciudad. En nuestro caso fue Clementia, que viene a significar la amabilidad de la ciudad. Para explicar dónde veíamos nosotros la amabilidad de la ciudad hicimos una lectura de los zaguanes. Los zaguanes tienen una lectura muy bonita, ya que en función de la apertura exacta tanto de las puertas como de los postigos hay un mensaje legible por parte del ciudadano. A veces una puerta muy abierta refleja un ambiente festivo que invita a entrar, semiabierta es más privado pero aún puedes entrar y una muy cerrada expresa una situación muy íntima como puede ser un funeral. Esto se está perdiendo, sólo se da en algunos pueblos.

M – Hay un lenguaje con las puertas y ventanas en la arquitectura popular andaluza que recuerda a las posiciones de los abanicos con diferentes lecturas según su posición. Es una historia muy bonita y creo que en los edificios públicos algún código estético podría utilizarse.

J – Lo triste es que todas las normativas urbanísticas están contra ese tipo de espacios. Por ejemplo el patio en fachada del COAS está prohibido ya por la ordenanza, cuando es un recurso magnífico de la ciudad. Los adarves se van a perder también.

M – Esa normativa existe para protegerse de la cantidad de patios en fachada horrorosos que se han hecho en Sevilla. Pero no se trata de prohibirlo todo, se trata de establecer otro tipo de mecanismos de protección. La normativa está perjudicando a la riqueza de la ciudad al reducir la libertad de expresión.

J – Lo más curioso es que los edificios son la parte más débil de la ciudad, los edificios cambian, se caen, se rehabilitan… pero lo que de verdad permanece es el vacío, lo más frágil en principio es lo más persistente. Y lo que es reconocible en una ciudad de verdad. La huella del vacío de Roma, la del plano de Nolli, perdura tras 20 siglos. Los vacíos de Venecia sólo son reconocibles en Venecia y los de Córdoba también. No darse cuenta de eso, creer que la ciudad se protege con un catálogo de pinturas para fachadas, es no haberse enterado de nada.

Alison y Peter Smithson hablaban de espacios como encharcamientos, de ciudades que permiten este tipo de cuestiones que ellos ensayan en The Economist, en Londres. Es un espacio increíble que ha perdurado y muy interesante.  Walter Benjamin también hablaba de estos espacios que están fuera de la normativa, pero que precisamente por eso en ellos puede pasar de todo y una ciudad donde se puedan dar estos casos siempre será mejor.

M – En el espacio doméstico también es necesario, siempre le decimos a nuestros alumnos que las casas tienen que tener espacios sin nombre porque eso es precisamente lo que te permite la flexibilidad en una vivienda. En las ciudades deberían aparecer estos lugares sin nombre, que no sean calles, ni plazas… sino otra cosa.

Además este tipo de espacios suelen sorprender al recorrer la ciudad, como pasa en The Economist.

J – Hay una escena genial, que solemos mencionar mucho, que es el principio de la película “Blow Up” de Michelangelo Antonioni, basada en un cuento de Cortázar. En el principio el circo llega a Londres, y llega de una forma ordenada, porque la ciudad le obliga a ello, pero cuando llega a The Economist y el circo se desparrama por la plaza. Ahí es donde sucede eso que dices, pasa algo sorprendente que no estaba previsto y que mejora a la ciudad.

Las rehabilitaciones también han sido una constante en su obra, la última, la escuela de hostelería en Media Sidonia, que ha sido premio Enor de arquitectura joven. Una de las cosas que más me sorprende del edificio es la nueva cubierta, con una forma contemporánea pero que se reviste con baldosines catalanes.

J – Sí, partidos por la mitad. Es un poco “Ready made” en definitiva, que es el único invento del arte contemporáneo en el siglo XX. Coges algo con un significado y al cambiar su contexto cambia el significado.

M – La primera vez que hicimos eso fue en la guardería de Ayamonte. Barajando materiales para la celosía de fuera no teníamos presupuesto para la mayoría, y se nos ocurrió coger un módulo base, una pieza que se ve en todos los tendederos, y apilarlos hasta hacer una celosía con ellos. Eso de repente resignificaba el material.

J – En Medina Sidonia, el revestimiento de la cubierta iba a ser diferente, con una cerámica vidriada, pero una vez hecho el proyecto se tuvo que cambiar por un problema económico.

¿Y quedaron contentos con el cambio?

J – A la propiedad mucho, porque le salió muy barato. Y a nosotros también. Creemos que hemos tenido suerte en ese tipo de situaciones, proyectos que uno da por cerrado y luego sufren muchas modificaciones. La historia cuenta que el proyecto se acaba una vez se visa en el colegio pero nada más lejos de la realidad. Eso sin hablar del momento en el que empieza la obra, que empieza a trastocarlo todo, porque entra en carga, y porque por muy buena visión espacial que tengas cuando estás allí empiezas a comprobarlo todo.

M – Respecto a la rehabilitación, nuestra forma de entenderla, o de entender qué es patrimonio ha sido algo fortuito. Nuestra primera rehabilitación, el centro de formación en Huelva, nos lo encargaron en una parcela y cuando fuimos a verla había un módulo prefabricado que la propiedad por supuesto pensaba tirar. Pero nosotros pensamos en reaprovechar la estructura de ese módulo para el centro de formación. Claro, cuando se lo contamos a la propiedad no querían, hasta que le dijimos cuánto dinero se iba a ahorrar.

Esto, que es algo fortuito, de repente nos dio una forma de acercarnos al patrimonio de manera diferente. ¿Por qué tiene más valor una cosa del siglo XVI que una del XIX? Si a lo mejor lo que de verdad tiene valor es el espacio o el solapamiento de diferentes épocas. Es a fuerza de convencer a unos y otros de lo que quieres hacer como te vas construyendo un posicionamiento intelectual.

J – Aun así, por quitar presión a los futuros arquitectos, se da muy poco el caso de los arquitectos que trabajan con una ideología y un manifiesto en su cabeza al que ser fiel. Lo normal es que la gente haga cosas y sea la necesidad de contarlas lo que hace que la narración parezca fidedigna y que parezca que todo tenía una idea, pero las cosas están mucho más revueltas. Ahora puedes ver que en varios de nuestros proyectos se contempla el asunto de la disolución de los límites entre lo privado y lo público, pero es una cosa que no hacemos bajo un manifiesto.

M – Cuando hicimos ese proyecto tuvimos que llamarlo reciclaje en lugar de rehabilitación, porque la gente creía que una rehabilitación correspondía a edificios más importantes.

J – Lo mejor fue llegar al colegio de arquitecto, donde tuvimos un pequeño problema porque en las cartelas de nuestros planos ponía reciclaje y ellos no tenían la categoría de reciclaje dentro de la lista de posibles actuaciones.

M – Ahí tuvimos suerte porque el arquitecto del visado comprendió que uno no puede estar sujeto a las palabras. Tuvimos que enzarzarnos un poco en una discusión etimológica, y es en ese tipo de momentos cuando te vas creando tu posicionamiento ideológico. Si ahora tuviese que hacer ese proyecto, lo llamaría rehabilitación, sin ningún tipo de complejo.

J – Claro, eso fue en 2002, fíjate si se ha utilizado la palabra reciclaje desde entonces. Ha sido la palabra de moda.

De aquella reflexión surge el máster y el libro de Proyectos encontrados. Que lo que hace es recopilar otro asunto que nos interesa mucho, es decir, nosotros hemos hecho los proyectos que hemos podido, pero yo me siento de alguna manera cómplice de infinitos proyectos más, aunque no los haya hecho yo. Decía Borges que se sentía más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Nosotros también, lo que nos interesa son las ideas, que la hayamos puesto en práctica nosotros u otros no nos interesa tanto, las sentimos como propias en realidad.

Pero fíjate, que ese proyecto que era muy poca cosa sí que ha construido después una forma de entender ciertas cosas para nosotros. Luego hemos dado clases de patrimonio en la escuela y nos ha permitido desarrollar buena parte de estas teorías a través no sólo de nuestro pensamiento sino de más gente que habla de estas cosas. En este libro hablamos del templo de Malatesta de Alberti, que coge una estructura gótica y la envuelve en una renacentista, y con eso la activa y la pone al día. Pues como el centro de formación de Huelva, salvando las distancias.

Por eso para nosotros la historia de la arquitectura no es un problema historiográfico, no es una consecuencia de capítulos, es un problema de pensamiento arquitectónico. Y a veces retornamos a ese tipo de momentos sin problemas de lenguaje, no es un asunto de modernidad, es un asunto de gente pensando. La catedral de Siracusa es un templo ateniense que se convierte en catedral Barroca, eso es super contemporáneo, es híbrido, es directo, no es una restauración de un estilo, aprovecha el material, el reciclaje. No es tanto el discurso como el ponerse a hacer cosas.

¿Se identifican con la forma de trabajar de otros estudios?

J – Sí y no. La Universidad de La Sapienza de Roma nos ha encargado un artículo sobre la nueva arquitectura española. Antes para hablar de arquitectura española sólo se hablaba de Madrid, Barcelona y a veces Sevilla. Hoy en día no se puede hablar así, es una pena que Sevilla no esté en esa tríada protagonista, pero tiene la parte positiva de que el panorama se ha fragmentado mucho, si quieres hablar de arquitectura española ahora mismo tienes que pasar por Baleares, por Galicia, por Asturias, por todo el Levante… eso es muy positivo.

Desde esa fragmentación y falta de discurso ideológico previo no hay una conciencia a propósito pero en estos años hemos viajado mucho y conocido a arquitectos de otras latitudes y sí que encuentras conexiones. De repente un tío en Baleares y un andaluz pueden, con sus condiciones matizadas por la cultura, estar trabajando en situaciones operativas parecidas. Suele ser el tema del presupuesto, escalas del encargo, relativismo cultural, de esto que tanto nos interesa de lo global y lo local. Eso sí que detectamos que ocurre ahora mismo, sobre todo en la periferia, una especie de movimiento centrífugo ajeno al núcleo todopoderoso de Madrid.

M – Todos tienen una componentes locales pero a su vez unas características globales que los unen. Siempre hemos dicho que no pertenecemos a ninguna corriente pero a veces llegamos a sitios en los que nos sentimos muy cómodos compartiendo inquietudes con otros arquitectos.

En Madrid hay quien lo llamaría arquitectura de provincias.

J – Sí, esto se ha llamado despectivamente en algún momento, por ejemplo a los catalanes los llamaban payeses. Empezó siendo inofensivo pero hay quien lo usa despectivamente, pero no creo que sea un problema de quién es más moderno. Hay un texto de Bruno Latour, Nunca fuimos modernos, que pone en duda que el más moderno hoy en día sea el que ha seguido la línea de lo que se ha supuesto como moderno. Es posible que el arquitecto actual realmente moderno no haya seguido la genealogía esperable desde la modernidad sino que a lo mejor ha rebobinado, ha vuelto atrás y ha buscado su propio camino.

M – Al final nosotros somos frutos híbridos de nuestro tiempo. A la fuerza.

J – De nuevo la arquitectura reclama esa condición compleja de las cosas, no la literaria ni nada de manifiestos ortodoxos. Justo este verano hemos estado en Can Lis de Jørn Utzon. Nadie va a poner en duda la modernidad de Utzon, que hizo la ópera de Sídney. Esa casa es increíble, es capaz de condensar desde Homero a la tercera generación moderna de arquitectura. Y está todo metido en una casa de verano.

Al final todo son afinidades y yo comprendo (y me interesa además) a quien diga que sólo construye con plásticos, que sólo lee a Agustín Fernández Mallo, que también lo leo, y que sólo habla de la crisis de la postmodernidad. Bien, pero a nosotros nos interesa más la idea de la continuidad, es decir, que nuestra generación aportará cosas, pero es difícil que alguien nos demuestre que no existe cierta continuidad. Aunque la continuidad se dé por reacción, pero en todo caso tú eres lo que eres por lo que ha venido antes que tú. Simplemente nos parece más enriquecedor.

¿Cómo ven la escuela de ánimo? Porque dan clase en primero y ahora en PFC, miden el principio y el final.

M – Los estudiantes bien, siempre están bien.

J – Por no daros una respuesta complaciente, a los estudiantes de ahora les ha tocado vivir una época compleja, es cierto. El hábito de la lectura hemos notado que poco a poco ha ido disminuyendo. Pero es que de repente se han encontrado en un mundo digital que no os han enseñado a gestionar porque nadie sabía hacerlo. Si no descubrimos como gestionar eso entre todos habrá una merma de la lectura pausada y reflexiva. Es una generación distinta pero en ningún caso peor y entran en la escuela con la misma ilusión que teníamos nosotros cuando entramos.

Algo debe pasar en los siguientes cursos porque tenemos la suerte de mantener el contacto con algunos alumnos y hablan con cierta desilusión. La expresión es “estoy quemado”. Habría que preguntarse qué pasa en esos años.

M – Este es el primer año que damos PFC, pero nuestros compañeros siempre nos hablan fatal de los alumnos que salen de la escuela. No sabemos qué pasa en esos años, pero es una cosa que realmente nos preocupa, nosotros consideramos a nuestros alumnos muy bien preparados.

¿Y a qué puede deberse?

J – Una cosa que siempre ha ocurrido en la escuela es la incapacidad de atender a las inquietudes personales, a personificar una cierta docencia. Esto es un problema básicamente del profesorado, no de los planes de estudios. No sé cómo, pero si un estudiante que lleva cierto tiempo en la escuela y se da cuenta de que lo que le interesa es Proyectos o, al contrario, le gusta más el cálculo de estructuras o la gestión cultural de la que hablábamos antes, la escuela debería ser capaz de ser sensible a esa vocación y fomentarla.

Los masters quizá, dejando a un lado el asunto económico y político, podrían ser una vía posible. También es verdad que eso requiere de una cierta madurez del alumno para darse cuenta de qué es lo que quiere hacer.

M – Creo que el fallo de los planes de estudios nuevos es llevar al alumno demasiado tutorizado, el alumno se relaja y cuando yo estudiaba recuerdo que había un caos en el que el alumno salía como un superviviente.

J – Yo, sin embargo, no puedo poner como una virtud que una escuela se convierta en una especie de selva. Esa idea de que la arquitectura está sometida a tantas presiones y putadas que al final el arquitecto es un tipo solvente y capaz de abarcarlo todo… Bien, que lo sea, pero no por el caos de su escuela.

¿A qué se debe que aún no se haya apostado por la vocación del alumno?

J – Pues a que esto tiene una repercusión profesional. El título es único y es habilitante para todo. Hay varios problemas que coinciden aquí, el primero es que no cabemos. Todos los arquitectos que estamos en España no podemos construir, eso está claro, es matemático. Entonces, o empezamos a creernos de verdad esta historia de lo mucho que puede abarcar un arquitecto y empezamos desde la universidad a formarlo así, sin complejos, o realmente la crisis será importante. Porque es algo que se dice poco ahora, pero de 2000 a 2006 era difícil encontrar trabajo, no penséis que era jauja. Lo normal era tirarse unos años esperando a ver qué pasaba, porque ya éramos muchísima gente.

Desde la formación hay que atender a las distintas especialidades porque no tiene sentido 6 años de proyectos para una persona a la que le supone una verdadera tortura.

Puede ser lo que más quema de la carrera. La cantidad de asignaturas que tienes que aprobar y que puede que no te interesen lo más mínimo, cuando otra especialidad sí.

M – Claro pero en esta situación estaríamos hablando de una carrera habilitante por especialidades.

J – Ese es el problema, que los colegios de arquitectos no quieren un título partido porque es una merma del poder, del control y de los ingresos. Si este lema de “el arquitecto tiene que reinventarse” nos lo tomáramos en serio, empezaríamos por la universidad. Y después lo articularíamos profesionalmente.

M – Aun así creo que el arquitecto global, como siempre ha existido, debe seguir existiendo. Aquel que sea capaz o tenga voluntad, adelante.

J – En la escuela que yo estudié, quien dijese que quería presentarse a funcionario, de las muchas opciones posibles, era un desertor de la causa de la arquitectura.

Pues ahora no es difícil escucharlo.

J – Pues claro que se dice, porque la realidad ha venido a darles la razón a toda esa gente, pero no es un problema de solvencia económica solamente. Si de verdad la arquitectura es polivalente y sabemos hacer un montón de cosas, vamos a demostrarlo. No vale decir eso por quedar bien y luego repudiar a los que no hacen concursos o no hacen lo que otros suponen que es lo molón.

M – Es decir, para que en nuestras ciudades haya buena arquitectura es necesario que haya buenos arquitectos haciendo concursos, en los colegios, de profesores, en los ayuntamientos, en política…  De nada nos sirve dedicarnos todos a lo mismo.

J – Es que la ciudad no se construye desde un estudio como este, eso no hace falta decirlo.

¿Cree que alguna vez se dará eso?

J – Soy un poquito pesimista aquí. Este país tiene el empeño en volver a meter la pata constantemente. En cuanto fluya el dinero volveremos a hipotecarnos, a especular y los niños a dejar los institutos sin acabar.

M – Es lo que pasó con Eurovegas, que querían dejar a los casinos saltarse leyes como la del tabaco con tal de volver a construir  casinos.

J – Era otra vez “Bienvenido Mr. Marshall”, el retrato de la España que perdió el tren en el siglo XIX. Yo no soy optimista. Creo más en la gente que está trabajando sin dejarse llevar por el vaivén de los tiempos.

M – Y desde el punto de vista político las cosas tienen que cambiar porque, por ejemplo, los ayuntamientos se financiaban en parte con las licencias de obra. A los ayuntamientos hay que darles otro tipo de financiación porque si no volverán a dar licencias de obra y se volverán a dar casos de PGOU totalmente absurdos. Por eso cuando te encuentras a gente preparada y que asume riesgos en la política es un gustazo.

¿Qué esperan encontrar en los PFC?

M – Yo mucha ilusión. Tengo muchas ganas de dar PFC, lo hablaba con mis compañeros de tribunal y estamos todos muy optimistas.

J – Es cierto que el curso que tuvimos el primer año del plan 2010 fue memorable, no sé por qué, no es mérito nuestro. Yo espero encontrar la demostración de una formación renovada que esté hablando de las cosas que tenemos que hablar ya, que son distintas a las que me tocaron a mí. Y sin embargo también espero encontrarme con una continuidad de lo que son los mejores valores de las escuelas españolas, solvencia técnica, la seguridad en los criterios, que tiene que ver, no con la soberbia del que sabe sólo dos cosas, sino la del que toma una decisión tras dudar mucho y sabe defenderla.

Esa mezcla entre continuidad y alteración sería la mejor de las sorpresas posibles.

¿Creen que van a tener muchos alumnos de ese primer curso?

J – Sí, sobre todo porque tenemos buena relación con los alumnos que hemos tenido y estamos muy orgullosos de ello, pocos alumnos nos giran la cara.

M – Además espero encontrarme un grado de madurez en esos alumnos, espero alumnos con criterio. No alumnos que vengan a ver qué le decimos los profesores.

Está muy bien que busquen el criterio propio del alumno, porque suele haber algún profesor que anula el criterio del alumno con el suyo propio, o por lo menos no lo fomentan.

J – Por supuesto, eso pasa en todas las escuelas. Esta escuela no tendría por qué ser peor que la de Barcelona o Madrid. Ha tenido mala suerte también, con dos o tres momentos curiosos. Uno de ellos cuando Moneo pierde la plaza de profesor  aquí, que por cierto después la ganó un grandísimo profesor que fue Alberto Donaire. Pero Moneo por su trayectoria ha supuesto otras cosas como Harvard o Barcelona, ha sido un personaje que habría descentrado Sevilla del Sur.

M – También pasa en la escuela, un poco por la normativa también, que los que están dentro no quieren salir y rechazan a los que están fuera. En la Expo había mucho trabajo fuera y la escuela se quedó vacía de profesores y hay arquitectos como Cruz y Ortiz o Guillermo Vázquez Consuegra que se han quedado fuera de la escuela cuando son los máximos referentes de la arquitectura en Sevilla.

J – Envidiamos las fórmulas que tienen otras universidades extranjeras, mucho más híbridas, de nuevo aparece la hibridación. La escuela tiene que posibilitar que los mejores arquitectos de Sevilla den clase en la escuela de Sevilla. Ahora está la Cátedra blanca, pero no es suficiente. Además la universidad tiene una tendencia a encerrarse en el profesor con carrera académica y eso es una barbaridad en el caso de la arquitectura. Lo que no quiere decir que no puedan existir figuras puramente académicas, buena parte del pensamiento arquitectónico sale de ahí. Pero me parece más interesante el equilibrio entre la academia y la profesión.

Ahora también se han quedado muy buenos profesores fuera de sus departamentos debido a unos reajustes.

J – Sí, eso es una pena y es debido a la disminución de la docencia del nuevo plan y hasta que empiece a recuperarse se hacen este tipo de ajustes entre departamentos.

M – También existe una cierta fobia hacia el departamento de Proyectos cuando surgen los debates, luego en el día a día no lo hay. Con el cambio de plan la docencia de Proyectos se vio reducida a la mitad, mucho más que otros departamentos que incluso aumentaron plantilla. Incluso los alumnos no apoyaron al departamento de Proyectos en los debates sobre el plan de estudios.

Quizá el plan iguale demasiado las asignaturas.

J – Pero luego, volvemos a la escuela que yo viví, en la que Proyectos era indiscutiblemente líder, cayendo incluso en la caricatura del profesor de proyectos. Eso no puede ser, es una estupidez. Hay que debatir qué tipo de escuela queremos, la de igualar todo tampoco tiene ninguna lógica.

Ahora con la asignatura de Taller también se forman grupos de profesores de diferentes departamentos. Aún no han dado clase ahí, pero ¿cómo ven este tipo de grupos?

J – Lo más importante en este caso, como en los PFC, es que los diferentes profesores puedan unirse por afinidades e inquietudes. Y que los alumnos puedan saber de antemano cuáles son esas inquietudes. En otras escuelas se hace una especie de draft antes del periodo de matriculación, en la que podríamos salir los profesores tanto de proyectos como de taller a contar el programa que pensamos desarrollar para que los alumnos puedan elegir con toda la información posible. Eso sería una escuela basada en el pensamiento y no en la organización.

Además habría que tener muy en cuenta qué hace el profesor más allá de dar clase, es decir, si ha escrito artículos, ha hecho alguna obra… si se preocupa de ir más allá de su obligación en definitiva. Y ver qué opinan los alumnos de ellos, que para eso están las encuestas.

¿Las encuestas sirven de algo?

J – A efectos prácticos no, desde el momento en que no son públicas no sirven de nada. Si fuesen públicas por lo menos te pondrían la cara colorada.

¿Aprenden dando clase?

M – Muchísimo

J – Claro. Por varios motivos, primero tienes que estar entrenado para dar clase. Si eres profesor tienes que leer mucho para estar al día, y no sólo leer actualidad sino aprender mucho más.

M – También hay que saber transmitir esos conocimientos.

J – Damos clase en primero, un curso que muchos profesores desdeñan. Pero sin embargo es el más profundo en términos conceptuales de toda la carrera. Se trabaja más que nunca con ideas porque no tienen otro tipo de conocimientos aún y hay que trabajar con materiales más básicos como son lo croquis o las maquetas, u otro tipo de soportes insospechados.

M – Además en los ajustes que hacemos a los programas cada curso tiene mucho que ver lo que los alumnos nos han enseñado el curso anterior.

J – Al trabajar con ideas, la capacidad de sorpresa es mayúscula. Además no se puede descartar la posibilidad de que en una conversación con un alumno salte un chispazo con una idea que después se desarrolla más. Buena parte de lo que pasa en clase refuerzan las ideas que tú tienes en tu cabeza, los proyectos que se hacen van uniéndose a esa idea también.

M – A mí lo que más me gusta de dar clase es el día de la sesión crítica, cuando te paseas viendo los proyectos que cada uno ha presentado, lo que ha salido de esas cabezas, lo que han evolucionado durante el curso. El año pasado nos propusieron grabar un video sobre el trabajo en el estudio y parte lo grabamos en la escuela, los alumnos podían voluntariamente responder una pregunta “¿en qué ha cambiado tu visión de la arquitectura después de un año en la escuela?” Y claro tras ver las respuestas te emocionas porque has tenido algo que ver en ese proceso que es alucinante.

J – En primero la energía potencial es tanta que se palpa. No existe el “estoy quemado”. Hay momentos hermosísimos, es casi reconocible en todos los alumnos el momento en el que el alumno pasa de no tener ni idea de lo que le están contando todos los profesores a darse cuenta, como si se le encendiese una bombilla. Ese momento es genial, ese día vuelves al estudio con las pilas puestas.

Es curioso porque Rodrigo Carbajal y Silvana Rodríguez decían eso mismo, y yo creo haberlo vivido también.

J – Claro, en el fondo la arquitectura está reclamando lo más esencial del acto creativo, esa capacidad del ser humano de sorprenderse con su propia invención. Primero es un curso que esperamos no abandonar jamás. Pese a que muchos profesores no lo quieran, también obliga a un esfuerzo enorme ya que los alumnos no saben nada al principio.

M – El día de esa corrección, en la que el alumno ha tenido ese chispazo y te cuenta el proyecto con la sonrisita que se le escapa porque se da cuenta de que por fin lo ha cogido… ese momento es maravilloso.

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Entrevista y fotos por Álvaro Gutiérrez y Pedro Montero.

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Comentarios

  1. Mario dice

    Me ha encantado la entrevista. Conocía su obra y me ha sorprendido sobre todo su sinceridad al explicar cómo han construido su personalidad como arquitectos y su valentía al hablar de temas candentes en la arquitectura. Me habría encantado tenerlos como profesores, suerte tienen sus alumnos porque se les nota que les gusta dar clase.

  2. Vicente dice

    Me parece maravilloso que haya profesores que se presten a este tipo de entrevistas, en las que en la propia lectura de ellas, se siga intercambiando conocimiento y reflexiones profundas sin tapujos, más allá del ámbito académico de la escuela.

    Algo muy enriquecedor.

  3. J. Antonio dice

    En las últimas décadas se han construido cajas de cerillas sobre cajas de cerillas, adosadas a sus lados y en el fondo más cajas de cerillas, con una fachada a la calle.
    Bienvenido sean este tipo de espacios públicos.

  4. J. Antonio dice

    Quizás entonces para la ETSA hubiese sido importante Rafael Moneo, vista su trayectoria a día de hoy. Sin embargo hoy en día son más importante profesores con la mentalidad y claridad de conceptos como María y Juanjo.

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